
Así, poco antes de morir en marzo de 1953, Stalin intentó, al igual que Hitler, anular la denominanda "expansión de la cultura yiddish" en el mundo.
Todos los acusados fueron brutalmente golpeados y torturados durante los interminables interrogatorios. Algunos no sobrevivieron. Posteriormente, se los obligó a firmar una confesión, lo cual hicieron, perdidos en el dolor, el hambre y las alucinaciones luego de estar días sin dormir.
El proceso judicial fue una parodia en la cual las sentencias ya estaban arregladas, apoyadas por insostenibles acusaciones de traición. Como bien declaró uno de los oficiales que presenció los interrogatorios, a esas personas se las acusó de ser judíos y no de ser criminales. No hubo abogados defensores ni jurado. Finalmente, las 13 víctimas fueron condenadas a muerte, hecho que se cumplió a escondidas en el sótano de la conocida prisión moscovita de Lubyanka, víctimas de la intolerancia del poder y traicionados por un régimen que no hacía mucho habían sabido defender y que los puso en la mira de un pelotón de fusilamiento.
Entre los más destacados se encontraban: Peretz Markish, David Bergelson, Itzik Fefer, Leib Kwitko, David Hofstein, Benjamin Zuskin, Solomon Lozovsky y Boris Shimeliovich.
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