Nadie hubiera creído, en los últimos años del siglo XIX, que a nuestro mundo lo observaban minuciosamente inteligencias mayores que las del hombre, aunque mortales como él; que, mientras los hombres se ocupaban de sus diversos asuntos, alguien los vigilaba y los estudiaba, quizá tan detalladamente como un hombre con un microscopio podría vigilar a las pequeñas criaturas que medran y proliferan en una gota de agua. Con infinita complacencia, los hombres fueron de un lado a otro por el planeta ocupándose de sus pequeños asuntos, seguros de su dominio sobre la materia. Tal vez los microbios que vemos al microscopio hacen lo mismo. Nadie pensó que los mundos más antiguos del espacio pudieran ser fuente de peligro para la humanidad. Sólo pensamos en ellos para desechar la idea de que pudieran albergar vida. Es extraño recordar los hábitos mentales de aquellos días. Cuando mucho, los hombres se imaginaban que en Marte vivían otros hombres quizá inferiores a ellos y dispuestos a recibir emisarios terrestres. Pero a través de las enormes distancias espaciales, unas mentes que son a las nuestras como las nuestras a las de las bestias, unos intelectos vastos, fríos y crueles, miraban a la Tierra con envidia, y, lenta pero inexorablemente, fraguaron planes contra nosotros. Entonces, a principios del siglo XX, se produjo la gran revelación.
Herbert George Wells (más conocido como H. G. Wells)
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jueves, 26 de diciembre de 2013
domingo, 27 de octubre de 2013
Que se quede el infinito sin estrellas
Que se quede el infinito sin estrellas
que la curva del tiempo se enderece.
Y pierda su fulgor, cuando se mece
un planeta en su abismo
y en las huellas del estallido primordial.
Aquellas noticias recibidas del comienzo
de las galaxias, del vacío inmenso,
hoy son luz fósil.
Paradojas bellas que anuncian por venir
lo transcurrido y postulan pasado lo futuro.
Universo del pensamiento puro:
un espacio que fluye como un río
y un tiempo sin presente, opaco y frío.
El tiempo de la espera y del olvido.
Severo Sarduy
domingo, 16 de septiembre de 2012
Estancias - Los elementos de la noche - Poesía I (1958-1064)
lo que nos tiene lejos, divididos;
es el lento desastre, la existencia,
el regresar de todos los olvidos.
Más en el sueño o su remota esencia
caminamos desiertos pero unidos.
No volverás hacia el llameante centro,
a la impedida arena del encuentro.
José Emilio Pacheco
domingo, 2 de octubre de 2011
Alma - Fragmento
Creo que uno viene a la vida para convertirse en una historia. Creo que lo último que hace la conciencia antes de extinguirse es contarnos la historia de nuestra vida. Me gustaría poder grabarla y proyectarla para que la viese todo aquel que estuviese interesado. Sería una película sin derechos de autor. Todo el mundo podría grabarse una copia y guardarla en el disco duro. Me gusta pensar en el hecho de abandonar este mundo dejando un alma reproducible y freeware. Nunca uso gafas de sol. Nunca he entendido por qué la palabra dios había que escribirla con mayúscula. Nunca es una palabra llena de misterio. Nunca jamás es el mayor de los misterios, una expresión alrededor de la cual uno podría construir un templo.
Javier Moreno.
Javier Moreno.
domingo, 7 de agosto de 2011
Palabras al hijo futuro - Fragmento
Hijo, tu voz irá sobre las noches puras
recogiendo el temblor de las altas espigas.
Se curvarán en tí las canciones maduras.
Conducirán los vientos la palabra que digas.
El mundo se hará luz en tus pupilas, hijo
y este rumor que llevo de vuelos y colmenas,
irá, como la sombra azul de un crucifijo,
sobre la ramazón florida de tus venas.
Hijo, retoño puro y almohada de mi muerte,
flecha que se escapó de mi arco hacia el futuro,
yo lo daría todo para formarte fuerte.
Perdóname, hijo mío, si eres triste y oscuro
Perdóname si tu alma continua las voces
que en mí nacen y caen como alas vencidas.
Si algún día tienes pena por lo que no conoces
es que te están doliendo mis heridas.
No quisiera traer tu sollozo a la vida.
Y en la mirada de ella te siento ya venir,
eres como una dulce música conocida
sobre los ventanales claros del porvenir
Hijo, cuando se cierren los ojos de tu padre
¿por que ruta irá tu flauta aventurera?
Tu recuerdo será suavidad en la tarde
y lágrima en la fiesta del huerto en primavera.
Oscar Castro.
viernes, 22 de abril de 2011
Cuando yo me vaya.
Cuando yo me vaya, no quiero que llores,
quédate en silencio, sin decir palabras,
y vive recuerdos, reconforta el alma.
Cuando yo me duerma, respeta mi sueño,
por algo me duermo; por algo me he ido.
Si sientes mi ausencia, no pronuncies nada,
y casi en el aire, con paso muy fino,
búscame en mi casa, búscame en mis libros,
búscame en mis cartas, y entre los papeles
que he escrito apurado.
Ponte mis camisas, mi sweater, mi saco
y puedes usar todos mis zapatos.
Te presto mi cuarto, mi almohada, mi cama,
y cuando haga frío, ponte mis bufandas.
Te puedes comer todo el chocolate
y beberte el vino que dejé guardado.
Escucha ese tema que a mí me gustaba,
usa mi perfume y riega mis plantas.
Si tapan mi cuerpo, no me tengas lástima,
corre hacia el espacio, libera tu alma,
palpa la poesía, la música, el canto
y deja que el viento juegue con tu cara.
Besa bien la tierra, toma toda el agua
y aprende el idioma vivo de los pájaros.
Si me extrañas mucho, disimula el acto,
búscame en los niños, el café, la radio
y en el sitio ése donde me ocultaba.
No pronuncies nunca la palabra muerte.
A veces es más triste vivir olvidado
que morir mil veces y ser recordado.
Cuando yo me duerma, no me lleves flores
a una tumba amarga, grita con la fuerza
de toda tu entraña que el mundo está vivo
y sigue su marcha.
La llama encendida no se va a apagar
por el simple hecho de que no esté más.
Los hombres que “viven” no se mueren nunca,
se duermen de a ratos, de a ratos pequeños,
y el sueño infinito es sólo una excusa.
Cuando yo me vaya, extiende tu mano,
y estarás conmigo sellada en contacto,
y aunque no me veas, y aunque no me palpes,
sabrás que por siempre estaré a tu lado.
Entonces, un día, sonriente y vibrante,
sabrás que volví para no marcharme.
Carlos Alberto Boaglio.
quédate en silencio, sin decir palabras,
y vive recuerdos, reconforta el alma.
Cuando yo me duerma, respeta mi sueño,
por algo me duermo; por algo me he ido.
Si sientes mi ausencia, no pronuncies nada,
y casi en el aire, con paso muy fino,
búscame en mi casa, búscame en mis libros,
búscame en mis cartas, y entre los papeles
que he escrito apurado.
Ponte mis camisas, mi sweater, mi saco
y puedes usar todos mis zapatos.
Te presto mi cuarto, mi almohada, mi cama,
y cuando haga frío, ponte mis bufandas.
Te puedes comer todo el chocolate
y beberte el vino que dejé guardado.
Escucha ese tema que a mí me gustaba,
usa mi perfume y riega mis plantas.
Si tapan mi cuerpo, no me tengas lástima,
corre hacia el espacio, libera tu alma,
palpa la poesía, la música, el canto
y deja que el viento juegue con tu cara.
Besa bien la tierra, toma toda el agua
y aprende el idioma vivo de los pájaros.
Si me extrañas mucho, disimula el acto,
búscame en los niños, el café, la radio
y en el sitio ése donde me ocultaba.
No pronuncies nunca la palabra muerte.
A veces es más triste vivir olvidado
que morir mil veces y ser recordado.
Cuando yo me duerma, no me lleves flores
a una tumba amarga, grita con la fuerza
de toda tu entraña que el mundo está vivo
y sigue su marcha.
La llama encendida no se va a apagar
por el simple hecho de que no esté más.
Los hombres que “viven” no se mueren nunca,
se duermen de a ratos, de a ratos pequeños,
y el sueño infinito es sólo una excusa.
Cuando yo me vaya, extiende tu mano,
y estarás conmigo sellada en contacto,
y aunque no me veas, y aunque no me palpes,
sabrás que por siempre estaré a tu lado.
Entonces, un día, sonriente y vibrante,
sabrás que volví para no marcharme.
Carlos Alberto Boaglio.
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